Por CARLOS DANTE GIULIUCCI ANDUEZA.
El temor es inherente a la condición humana, tenerlo es normal, no tenerlo, en mi opinión, es hasta anormal.
Esto que es una condicionante del actuar de las personas frente a ciertas situaciones, no pocas veces es un arma muy efectiva para quienes quieren lograr un despropósito o mantener una posición dominante.
Frente a lo conocido, aunque a veces con trágico efecto, puede que no se sienta temor. Por ejemplo, para nosotros un temblorcito grado cinco a seis, todavía no logra apanicarnos. Incluso en un grado superior, mayormente mantenemos la calma y aplicamos el manejo de la ansiedad y del temor… ¿por qué? porque es algo habitual e históricamente sabido que estamos por nuestra ubicación en el planeta, sometidos a permanentes sismos.
Hablamos de un temor inmanente a la condición humana, pero también hay un temor que es infundido desde el exterior de las personas. Ese manejo del temor se ha aplicado en la religión, política, deportes, etc. Para ejemplificar tenemos varios botones de muestra. Partamos por lo religioso.
En el siglo XIV, en lo que se conocía por mundo, o sea Europa y Asia, la peste negra mató 1 de cada 3 habitantes. Relación a todas luces terrorífica. Las preguntas que inmediatamente subyacen son, de dónde viene, por qué ocurre, qué la causa, etc. Ahí entra a tallar un factor decisorio desde tiempos pretéritos hasta hoy: el conocimiento o la educación que reciben las personas.
Por aquellos años de la Edad Media, el conocimiento era un privilegio que solamente estaba reservado a la Iglesia, que fue la única institución que no fue tocada por las invasiones de las bandas de guerra bárbaras al colapsar el imperio romano. La Iglesia se encerró en sus templos y monopolizó el conocimiento.
Volvamos al origen de la peste negra entonces, y la pregunta por qué ocurre. ¿Quién tiene la respuesta entonces?, obviamente quien tiene el conocimiento, y ello es de propiedad de la Iglesia. Y ahí termina la rectitud y comienza la manipulación. Se enarbola como causa la desobediencia a Dios, y por consecuencia es un castigo divino, que para aminorarlo habrá que rendir pleitesía a quienes la iglesia elija, porque todo lo que ella diga y haga es voluntad divina.
Ahora, en política ¿también es el temor un arma eficiente para ejercer o seguir ejerciendo una posición dominante? Qué duda cabe que ello ocurre. Sin embargo, la relación temor-conocimiento a esta altura de la historia ya no tiene validez como antaño en la otrora época de la todopoderosa iglesia. El conocimiento por decirlo de alguna manera se democratizó. Aunque con matices distintos, porque la sociedad está matizada por clases sociales. Pocos deben saber mucho de muchas cosas. Muchos deben saber solamente algunas cosas.
Situándonos en nuestro país para entender mejor este tema del temor, diremos que nosotros tenemos superado el miedo a perder la vida, al menos en menor grado como lo hubo en la edad media. Ahora es, en el plano político que nos interesa, el temor es perder la libertad. La pregunta es qué libertad puedo perder. La respuesta construida a lo largo de estos años de la vuelta de la democracia es tener libertad de elegir, de gastar mi plata cuando yo quiera y como quiera. Que me paguen lo que más se pueda y me cobren lo menos posible, cosa de tener un poder adquisitivo que me permita mejorar y no empeorar mi confort. Votar por quien o quienes me ofrezcan un mejor bienestar material, y que disfrazadamente releven el individualismo por sobre la asociatividad. En resumen, nuestro país está habitado más bien por consumidores, que por ciudadanos.
Quienes en sus discursos o propuestas tengan la osadía de inyectarle un elemento solidario a la sociedad, está atentando contra ese tipo de libertad y acercándonos a un precipicio. ¿Qué se usa para poder convencer que esta disyuntiva está presente?, el temor, el miedo. Y si bien tenemos acceso universal al conocimiento, ello no es lo que condiciona tener o no tener temor. Es el miedo a perder supuestamente lo que ningún otro sistema político me puede facilitar tenerlo, aunque yo lo desconozca en su mecánica y solamente tengo referentes de otros países, en que los medios de comunicación me construyen realidad. Raya para la suma el temor a lo que no conozco o no he vivido, no puede ser mejor que lo que vivo.
- La imagen corresponde al cuadro de Nicolás Poussin: “Peste de Azoth”, de 1631, óleo sobre lienzo inspirado en la peste que afectó a la ciudad de Milán un año antes y dicha pintura se conserva en el Museo del Louvre.